martes, 15 de septiembre de 2009

Prólogo




Mi nombre es Naia de Balia, clériga de la iglesia de la plata, aunque he pasado los últimos siete años de mi vida en Arkaht, la cuna de todos los conocimientos de Geald, es decir, de nuestro mundo.
En mi décimo cumpleaños, tal y como manda la ley, mis padres partieron conmigo desde Balia hacia Arkaht. En el camino nos unimos a varias personas que llevaban nuestra misma dirección. Una vez en Arkaht, nuestros padres nos dejaron en manos de las dreisas, una especie de seres medio humano medio dragón, que tienen la habilidad de averiguar por el ánima cuál es el trabajo apto para esa persona. Así había sido durante siglos, y así habían educado a generaciones de humanos, elfos, enanos y medianos, sin olvidar razas intermedias.
Aquellos que tenían algún poder, como era mi caso, los enviaban sin miramientos como clérigos de la iglesia de la plata, todo un orgullo para los padres, aunque a algunos de los que estaban no les hacía ninguna gracia.
Solo se nos permitía ver a nuestros padres en nuestro cumpleaño y en las fiestas de Arkaht. La educación que recibíamos se basaba en dos años durante los cuales se nos enseñaban las artes de la lectura y la escritura, y después, el periodo de estancia podía variar. Exceptuando druidas y clérigos, el resto solo estaban un total de cinco años, contando los dos primeros. En mi caso, debía de estar dos años más para educar a mi compañero, una especie más grande que un lobo pero más pequeño que un lobo terrible, de pelaje color plateado aunque no era extraño que contara con alguna mancha de otro color, y ojos llameantes. Esta era la descripción de los plalegos, una raza protegida por la iglesia de la plata, ya que se consideraban los enviados de la diosa, y Nehk, un macho de esta raza, era mi compañero. En cuanto a los druidas, tenían que estar dos años más para lo mismo que yo, escoger y educar a su compañero.
Tras el tiempo de preparación en Arkaht, se enviaban a los estudiantes a la capital más cercana a su hogar, para que le sirvieran durante un año. Al finalizar el año, se debía regresar a Arkaht llevando un resumen de los hechos de ese año, tras lo cual, ya eras libre de hacer lo que quisieras.
Aparte de esa libertad prometida, la única vez que podías salir de Arkath era una vez por semana a Mórgel, una villa a cuatro horas de distancia, donde comprábamos todo lo que se necesitaba en Arkaht y comercializábamos con cosas nuestras. A esas salidas solo podían ir aquellos que fueran del último curso, todas las semanas se rotaba. Y aquí comienza mi historia, cuando solo me faltaba un día para cumplir los 17 años e irme, y fui llamada esa misma mañana para ir con la carabana que iría a Mórgel.

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