lunes, 21 de septiembre de 2009

Capítulo 2 - Parte 1


Naia de Balia y Kerol de Górget!
Terminamos de despedirnos de nuestros amigos y profesores y ambos avancemos a nuestros caballos. A la entrada de Arkhat, mi hogar los últimos siete años, la gran sacerdotisa nos esperaba con nuestros caballos, los cuales llevaban nuestro equipo. Nos sonrió a ambos y nos dijo:
-Que la gran diosa os proteja en vuestro camino al reino de Górget. Partid con cuidado y
recordad nuestras enseñanzas.
Ambos dimos las gracias, nos subimos a los caballos y salimos de allí. De fondo se oían las voces de nuestros compañeros deseándonos un buen viaje, como tantas veces yo había echo antes. Nos internemos en el bosque, Nehk a la cabeza, como siempre, y nosotros detrás, sumidos en nuestros propios pensamientos.
Era un día lluvioso y la fina lluvia empapaba nuestras ropas, además, que el viento otoñal no ayudaba a mejorar la situación. Hacía horas que habíamos dejado atrás todo lo que en los últimos años nos era conocido y aún no habíamos cruzado mi compañero y yo ninguna palabra. Kerol, atabiado con una armadura ligera, una daga al cinto y una capa que le cubría el rostro, no era uno de los mejores hechizeros de Arkaht, pero si el que más pasión levantaba entre las chicas. Personalmente no lo entendía, aunque tampoco había tenido mucho trato con él.
Antes de llegar a las Montañas Partidas, nos detubimos en un pueblo cercano.
-Cerca de aquí, hay una taberna decente.- Fué la primera vez desde que salimos que Kerol
hablaba.- ¿Qué opinas?
-Me parece bien. Ya empiezo a notar que la humedad atraviesa la capa y no me gustaría caer
enferma.
El pueblo estaba vacío, y solo algún perro que intentaba resguardarse de la llovizna nos salía al paso. En las casas, las chimeneas estaban encendidas y de algunas ventanas abiertas se desprendía el olor a hogar, ese olor que tanto añoraba.
-Ya hemos llegado.- Dijo Kerol bajándose del caballo y poniéndolo a resguardo en un tendejón
donde había varios más.
Dejamos a los caballos y entramos en aquella taberna que, a primera vista, nunca me hubiera detenido en ella. Las paredes tenían moho y malas hierbas en algunos trozos, algunas ventanas estaban rotas y en vez de cristal tenían maderas, y los golpes que tenía la puerta invitaba a salir corriendo.
-¿Quieres que me meta aquí?- Pregunté con una mueca de asco.
-El interior no es tan malo, adme caso....
Kerol abrió la puerta, que sonó que si fuera a hacerse añicos de un momento a otro, y entró. Le hize una señal a Nehk para que viniera a mi lado y entramos detrás suyo.
Kerol tenía razón, el interior no era tan malo. Estaba iluminado débilmente por un par de chimeneas que ardían, había unas diez mesas desperdigadas por la taberna con un par de bancos no muy grandes a cada lado. Había varias personas que parecían aventureros y otras que no debían de ser compañías muy recomendables. Nos sentamos en una mesa cerca del fuego, nos quitamos las capas mojadas y las pusimos cerca de la lumbre. Al poco rato se nos acercó un hombre con una pierna de madera, cojeando, y con cara de pocos amigos.
-¿Qué hacen por aquí un mediohalfling y una humana por estas tierras?
-Solo estamos de paso.Ponganos una ración de comida a cada uno, incluido el plalegos.
El hombre miró a Kerol asombrado por el tono de sus palabras. Incluso varias personas se giraron hacia nuestra mesa. Nehk, tumbado cerca de mí, levantó la cabeza y las orejas, en estado de alerta.
-Aún no me habéis contestado. Tenéis las ropas demasiado nuevas para ser aventureros, y sois
demasiado jóvenes para viajar por tierras que os son desconocidas.
Kerol clavó sus ojos en él. Podía notar la tensión en el ambiente y no me sentía nada cómoda.
-Por la gran diosa,¿tanto le cuesta traernos la comida?- Dije interrumpiendo esa estúpida
discusión entre ambos hombres.
-Yo no sirvo a desconocidos.- El hombre se dió media vuelta y se fué.
Me quedé atónita. Primero miré al tabernero y después a Kerol, el cuál tenía el entrecejo fruncido y negaba lentamente con la cabeza.
Con un movimiento rápido me levanté y me dirigí hacia el tabernero. Cuando estaba a punto de cogerle por el brazo, una daga pasó entre ambos y se clavó en la pared.
-Os he dicho que éste no era sitio para unos niños...- Dijo el tabernero sin girarse y continuó
avanzando.
Me giré hacia el lugar de dónde había venido la daga. Sentado en una mesa, estaba el tipo con el que habíamos tenido el problema en Mórgel.

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